¿Quién apagó al rock? La música que alguna vez incomodó al sistema.

Durante décadas, el rock fue mucho más que un género musical. Fue una voz incómoda. Una forma de pensar, cuestionar, desafiar y, muchas veces, rebelarse. Habló de guerras, dictaduras, abuso de poder, drogas, espiritualidad, alienación, capitalismo y de todo aquello que una sociedad prefería no mirar demasiado de cerca.

Hoy, sin embargo, la escena parece haber cambiado. El rock sigue llenando estadios, agotando entradas y convocando a millones de personas alrededor del mundo, pero su presencia en los grandes medios, las playlists masivas y los espacios centrales de la cultura pop es mucho menor.

Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿el rock perdió relevancia o alguien decidió dejar de darle espacio?

El líder de The Smashing Pumpkins, Billy Corgan, viene sosteniendo una idea particularmente provocadora: el rock no simplemente murió, sino que fue “sacado” deliberadamente de la cultura dominante y “bajado” de categoría. Para Corgan, existe una contradicción evidente entre la capacidad del género para seguir convocando multitudes y su escasa presencia en el circuito cultural mainstream.

La explicación más sencilla es que las nuevas generaciones simplemente prefieren otra música. Las guitarras, los solos y las estructuras tradicionales quedaron asociadas principalmente con las generaciones X y los Boomers, mientras que los públicos más jóvenes encontraron otros sonidos, otros lenguajes y otras formas de consumir música.

Pero reducir todo a una cuestión de gustos puede ser demasiado fácil.

Del riff al algoritmo

La manera en que descubrimos música también cambió radicalmente.

Durante décadas, encontrar una canción podía implicar comprar un disco, escuchar un programa de radio, mirar MTV, ir a una disquería, intercambiar casetes o CDs con amigos o simplemente esperar a que una canción apareciera en algún lugar inesperado.

Hoy gran parte de ese descubrimiento pasa por algoritmos.

Las plataformas necesitan mantener nuestra atención. Y para conseguirlo, la música puede terminar adaptándose a una lógica similar a la del resto del contenido digital: canciones que captan rápidamente la atención, estructuras reconocibles, fragmentos que funcionan bien en redes sociales y sonidos capaces de convivir con un consumo permanente y acelerado.

Esto no demuestra que exista una conspiración centralizada para eliminar al rock.

Pero sí existe algo mucho más concreto: incentivos comerciales.

Si determinadas estructuras musicales funcionan mejor para las plataformas, generan más reproducciones y son más fáciles de insertar en playlists, existe una razón económica para producirlas.

El resultado puede ser un catálogo enorme de canciones intercambiables, construidas alrededor de fórmulas conocidas y diseñadas para ser consumidas rápidamente.

No significa que toda la música actual sea así. Hay artistas extraordinarios haciendo cosas originales en prácticamente todos los géneros. Pero la lógica dominante del mercado puede favorecer aquello que resulta inmediato, reconocible y fácil de digerir.

Y ahí el rock tiene un problema.

Porque históricamente nunca fue particularmente bueno para quedarse quieto.

El rock no era peligroso por el volumen

El rock fue considerado peligroso muchas veces, pero no necesariamente por sus guitarras distorsionadas o por el volumen de sus amplificadores.

Era peligroso por lo que decía.

Desde Bob Dylan hasta Rage Against the Machine, pasando por Pink Floyd, The Clash, Patti Smith, Bruce Springsteen, Nirvana, Black Sabbath, David Bowie, John Lennon, Metallica o innumerables artistas y bandas, el rock construyó una tradición de incomodar.

Preguntó quién tenía el poder.

Quién decidía las reglas.

Qué estaba pasando detrás de las instituciones.

Qué significaba vivir en una sociedad cada vez más alienante.

Y también habló de cosas íntimas: miedo, soledad, identidad, muerte, deseo, espiritualidad y desesperanza.

Muchas de esas canciones no estaban diseñadas para acompañar un scroll de quince segundos.

Te pedían algo diferente: que te detuvieras a escuchar.

¿Qué perdemos cuando desaparece esa voz?

Quizás el problema no sea que el rock haya dejado de existir.

El problema podría ser que haya dejado de ocupar un lugar central en la conversación cultural.

Porque el rock sigue estando ahí.

Llena estadios. Tiene festivales multitudinarios. Sus grandes figuras continúan vendiendo millones de entradas. Los catálogos históricos siguen generando enormes cantidades de dinero y nuevas generaciones descubren constantemente bandas de décadas anteriores.

Entonces, si todavía existe un público, ¿por qué tiene tanta dificultad para ocupar espacio en el mainstream?

Tal vez porque el mercado no siempre invierte en aquello que tiene público. Invierte en aquello que considera más rentable, escalable y previsible.

Y una canción que invita a cuestionar, detenerse y mirar alrededor puede resultar una anomalía dentro de un sistema construido alrededor de la velocidad.

Mientras un trending topic puede durar 24 horas y desaparecer rápidamente del archivo de la cultura popular, una canción de hace 40, 50 o 60 años puede seguir preguntándonos exactamente lo mismo.

Eso también es poder cultural.

¿El rock murió o dejamos de escucharlo?

Quizás ninguna de las dos cosas.

El rock no murió. Tampoco necesariamente fue víctima de una conspiración perfectamente organizada.

Pero sí perdió espacio.

Y esa pérdida no puede explicarse únicamente diciendo que “la gente ya no lo quiere”.

Porque los gustos también son moldeados por aquello que tenemos disponible. Si determinadas canciones aparecen constantemente frente a nosotros y otras prácticamente desaparecen de los grandes escaparates culturales, las posibilidades de descubrimiento no son las mismas.

Lo que escuchamos también depende de lo que nos muestran.

Por eso la discusión no debería ser rock contra pop, guitarras contra sintetizadores o generaciones mayores contra jóvenes.

El verdadero debate es otro: ¿qué tipo de diversidad cultural queremos conservar?

No se trata de idealizar el pasado ni de declarar que toda la música de antes era mejor. Tampoco de despreciar los nuevos géneros o los artistas que triunfan actualmente.

Se trata de entender que invertir en cultura nunca es completamente neutral.

Cuando decidimos qué artistas promocionar, qué canciones incluir en las playlists principales, qué festivales financiar y qué géneros ocuparán los grandes espacios mediáticos, también estamos decidiendo qué voces tendrán más posibilidades de ser escuchadas.

¿Y qué podemos hacer?

Quizás la respuesta sea mucho más sencilla de lo que parece.

Dejar de permitir que el algoritmo sea nuestro único DJ.

Buscar bandas nuevas.

Escuchar discos completos.

Volver a los clásicos.

Explorar géneros que no conocemos.

Entrar a una disquería.

Ir a un recital de una banda que todavía no llena estadios.

Preguntar qué escucha alguien que tiene otros gustos.

Y, sobre todo, investigar.

Porque el rock no necesita que lo rescaten.

Necesita que volvamos a encontrarlo.

Tal vez las guitarras nunca dejaron de tener algo que decir. Simplemente dejaron de aparecer frente a nosotros con la misma frecuencia.

Y en una época en la que casi todo está diseñado para que sigamos deslizando la pantalla, quizás una canción que nos obliga a detenernos, escuchar y hacernos preguntas sea más necesaria que nunca.

El rock no tiene que volver a ser peligroso. Quizás lo verdaderamente peligroso sería que dejáramos de necesitar canciones que nos hagan pensar.